los cineastas

El tiempo, a menudo, es cruel con los cineastas. Son pocas las trayectorias marcadas por la continuidad o la regularidad en una tarea profesional donde los altibajos resultan tan frecuentes como incontrolables por parte de quienes los padecen. Al igual que los intérpretes1, los directores pueden estar en la cresta de la ola durante un período y comprobar, algunos años después, lo efímero de su éxito o su reconocimiento crítico. El teléfono también deja de sonar para ellos y su nombre sólo es motivo de recuerdos, retrospectivas y estudios académicos. Ese silencio, ese quedarse al margen en contra de la propia voluntad, resulta más o menos cruel según las circunstancias y el talante del individuo. Algunos se adaptan, otros se rebelan, unos pocos aprovechan la ocasión para reflexionar con sentido crítico acerca de lo realizado, muchos se sienten perseguidos por los más variados enemigos, confabulados para negarles lo que les corresponde... Las reacciones son múltiples, también las consecuencias derivadas de las mismas. Frustración, desesperanza, escepticismo, paranoia... forman parte de las experiencias de quienes se enfrentan a este difícil reto. Superarlo o llevarlo con dignidad distingue a unos pocos, capaces incluso de enriquecerse gracias a un trance casi siempre amargo.Antonio Ríos Carratalá, 2007)
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